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¡Hasta siempre abuelo! 19 junio, 2015

Posted by jmorsa in Cartas a..., Dedicatorias?, Epifanias Varias.
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No sé por qué extraña razón, este blog que empezó siendo algo personal y se profesionalizó con la esperanza de que sirviera en pro de un trabajo digno relacionado con las nuevas tecnologías –de esos que están en peligro de extinción, por digno no por nuevas tecnologías o educación- últimamente y no sé si es a causa de estar en paro o qué, vuelve a ser personal, pero como me imagino que sabéis, mis pequeños pupilos, los salmones y tortugas marinas siempre vuelven al lugar de su nacimiento.

Pero vayamos al lío;

Dicen que uno no valora las cosas hasta que no las pierde, pero este miércoles, cuando le desenchufaron los tubos de suero y alimentación, la suerte estaba más que echada y más temprano que tarde dejaría este mundo para ir a vete tú a saber dónde vamos cuando morimos; ¿un cielo? ¿unos campos elíseos? ¿Quién sabe? no lo sé.

Fue entonces cuando la mañana del jueves y al poco de venir mi madre de pasar la noche en el hospital y despertarme, llamó mi tío con la noticia: “Ha muerto el abuelo”. No hacía falta dar más explicaciones; como quien recoge sus cosas al escuchar la alarma de incendios, o por temor de la llegada inminente de un tornado o un tsunami, nos vestimos con lo primero que teníamos a mano y fuimos al Hospital Santa Cristina donde las enfermeras después de siete meses de agonías; noches en vela, ideas y venidas ya eran parte de la familia.

Las enfermeras se paraban para abrazarnos, darnos dos besos y el típico “lo siento” y los “pésame” de rigor que se dan en este tipo de cosas; pero no sé si por la emoción del momento yo lo apreciaba más sentido que nunca –o al menos si no era real, actuaban muy bien-. Tras la habitación 313, mi abuelo estaba en la cama; como sin aire, paralizado en el tiempo y volviéndose amarillo a causa del rigor mortis, por quien sabe si un último chute de morfina o porque Dios, Alá o simplemente su metástasis y sus 94 años, se plantó y había dicho hasta aquí.

“Ya no es él”  me decía mi madre tras los abrazos entre los que hemos pasado horas en aquella fría habitación de cuatro paredes blancas y mientras yo, miraba el cuerpo de mi abuelo postrado en la cama e inflexible. Y tenía razón; desde no la primera –con la rotura de cadera-, si no la segunda en el que le detectaron el bulto al lado del pulmón tras una segunda caída, parecía que el cáncer había transformado su carácter. Se estaba convirtiendo en un auténtico ogro que cansado de estar día tras día en el hospital sin ningún tipo de mejoría o indicio de que la cosa fuera a cambiar, maldecía a todo bicho viviente que asomaba la cabeza por allí con su buena intención; intentaba hacer amago de escaparse teniendo que subirle las barras a la cama para evitar que la cosa fuera a más y el último mes ese ogro, terminó convirtiéndose en un ser primitivo y violento que se negaba a comer y lo más que se le entendía entre sueño y sueño cuando insistías en que comiera sin darte por rendido porque te escupiera la comida o las pastillas era “que me fuera a tomar por culo”.

Sin embargo y como decía mi madre, no era él. En la cama se postraba una carcasa, un cuerpo sin vida que había almacenado alguna vez el espíritu de mi abuelo. Ese espíritu con el que pese a tener su carácter y hacer las cosas “por sus cojones” -¡viva el carácter Sanz!-, fue también una persona buena –padre, abuelo y ahora bisabuelo- con el que me perdía en la casa de campo en busca de piñones y arañaba las piernas por llevar pantalones cortos; que me pelaba tallos de espinos y rosales tiernos para que me los comiera, me daba parte del chocolate que tenía escondido en la despensa, contaba sus chistes y bromas aunque no las entendieras, me guiñaba un ojo cuando jugábamos al mus o cuando dábamos paseos de Lucero a Aluche mientras me contaba sus andanzas de joven, su afición por los pájaros, la política, los tipos de mármol o los estragos de la guerra civil. ¡Ese espíritu! No sé si irá algún lado pero parte de él, seguro, como dice mi prima Patri “queda en mis valores” y a los que “gracias a ellos soy quien soy”, o en mi cabeza que espera que algún día cuando piense en él, no recuerde estos últimos meses en la cama, si no aquellos años en los que mi mayor preocupación era algún que otro “Necesita Mejorar” en las notas por evitar el cogotazo de mi padre.

Ayer evité el tanatorio –más bien me dijeron mis padres que era lo mejor-, dado que en él habrían muchos –quizá demasiados- familiares. En lugar de eso, fui a ver a mi abuela a la residencia -otra que también necesita un poco de atención- y que con su demencia preferimos evitarla sofocones grandes moviendo la mano como diciendo regular cuando pregunta una y otra vez sobre cómo estaba mi abuelo. Ella se quedó en la primera caída y aunque se preocupa, porque no deja de ser a quien ha amado más de 75 años –que se dice pronto-, mueve la cabeza para decir que ya son muchos años los vividos y pocos los que la quedan por vivir.

Y es verdad -nuevamente y aún cayendo en la redundancia-, que hoy cuando le decíamos el último adiós en el cementerio civil de la Almudena tras aquella cortina, en mi mente veía que la muerte al fin y al cabo es parte de la vida; que lejos de que sea un hecho inevitable y que joda –porque es inevitable que joda- cuando alguien a quien quieres se vaya, en algunos casos como éste es hasta mejor, porque por fin hoy puede descansar en Paz, no pude evitar pensar en aquel día lluvioso de no sé cuándo: ¿diciembre? ¿el 12?… murió mi abuela Ana –madre de mi padre- y que a mí, un pipiolín de 18 años que aún no entendía mucho de la vida me daba pena y no entendía el por qué de aquello.

Hoy y aunque cuesta porque como ya he explicado a alguno de mis amigos cercanos es como si mi duelo lo hubiese metido en un bote de los que vienen dentro en un huevo kínder en alguna zona de mi cuerpo sin ganas de saber lo que tiene la sorpresa, me siento afortunado –sí sí, afortunado-. Porque por fin descansa como digo en paz él y sus hijas, quienes se estaban quitando parte de su vida por él –que no digo que yo también pero más ellas- y por tener grandes amigos –y más que amigos- como Segundo, que estuvo por ir al tanatorio pese a su fobia o yo que sé a encuentros de este tipo por mi acabando por acompañarme a la residencia, a Virginia , por si yo pedírselo ya estaba diciendo que dónde era el tanatorio para ir o se sacaba fotos en pijama para alegrarme un poco la espera, a Rebeca quien más que nadie entendía doblemente por lo que pasaba, Nuria (y Paco) quien matada de su jornada laboral y saliendo a las 22 de la noche era capaz de ir a donde fuera que yo estuviera por darme un abrazo, Sandry, que sin pedirlo y decírselo apareció para recordarme que si necesitaba un hombro ella tenía dos, Alberto, Silvia, Marta, Naomi, Ruth, Estibaliz y Vanesita, Dani y Agata, Sandra desde muy lejos, Tanja (desde aún más), Patri (nubecita) que por DM me ha ido preguntando… -y seguro que me dejo a alguien o incluso alguien que si se lo hubiese dicho hubiera también estado y ahora me dirá eso de “tenías que habérmelo dicho”-, obvio que familia, amigos y conocidos de mi abuelo y mis padres que hicieron ver que esto les importaba, GRACIAS.

Quitando familias y amigos de mis abuelos o mis padres –que ya eran muchos pero ahora sólo hablo de los míos-, no sé si es por este momento o por qué ME SIENTO ORGULLOSO de vosotros y vosotras, porque aunque ahora no tengo grandes grupos como cuando salía por Malasaña o Chueca, sino tengo amigos que veo de cuando en cuando, por separado porque ni entre ellos se conocen –aunque algunos sí-, me han acompañado en estos días tan… ¿especiales? No lo sé, pero estoy seguro, que aunque en algunos casos eso de “estoy para lo que necesites” típico haya sido tan sólo superficialidad, me he sentido acompañado y no ese Juan solo que se sentía así, pese a estar rodeado de grandes multitudes –creo que debería volverme a analizar mi universo jaja-.

Ahora no sé qué será de mi abuelo. Sinceramente no soy creedor de ningún más allá, pero sí de que la gente sólo muere, cuando dejamos de acordarnos de ellos y que por supuesto yo quiero acordarme de él así, como en la foto, como dice mi prima Patri -que parece que le he robado las ideas del facebook, pero realmente necesitaba escribir sobre él jaja- y autora de la foto; “con palabra templada, ideas firmes pero sobre todo con mucho, muchísimo humor”.

¡Hasta siempre abuelo!

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Comentarios»

1. Pekin express 2016 1/5 | CAMINANTE NO HAY CAMINO - 8 agosto, 2016

[…] y tirarse pedos como si tal cosa, es cierto, pero no tanto como imaginé, o al menos será porque yo ya estaba curado de espanto con mi abuelo, pero te echarás unas risas cuando en mitad del palacio de Verano escuches a alguien eructar como […]

2. ¡Hasta siempre abuela! | CAMINANTE NO HAY CAMINO - 25 diciembre, 2016

[…] no he podido evitar acordarme de ella y querer escribir y publicar aquí mi particular adiós, como en su día ya hice con mi abuelo, removiendo los recuerdos de las cosas que vivimos juntos, los cuales estoy tratando de recuperar […]


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