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¡Hasta siempre abuela! 25 diciembre, 2016

Posted by jmorsa in Dedicatorias?, Epifanias Varias.
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Cuando echo un rápido vistazo al móvil, en búsqueda de alguna comunicación importante, los tipos de mensaje tienen una prioridad que atribuyo sin pensar son los mensajes y los whatsapp, después los mails y por último las chorradas de facebook y twitter.

Muchos días no encuentras más que tonterías en general; recibís a modo de cadenas que van dirigidas a listas de correo, algún día algún mail dirigido a ti expresamente y el 10 de noviembre tras cenar con Isa en el H2Ocio, me llegó un audio; especial y devastador en mi Whatsapp. Era de mi prima Patricia: “La abuela por fin descansa en paz”.

La realidad es que su muerte, no creo que a ninguno nos pillase de sorpresa, entre altibajos, sabíamos que no iba a mejorar, que se estaba yendo. Y es que cuando un ser querido ronda los 98 años, como que se intuye que está más allí que aquí; que está en el tiempo de descuento de la vida y aunque con resignación estas ante algo inevitable, solo puedes desear que sea lo más rápido e indoloro posible.

Sin embargo y aún con todo, una noticia así siempre te golpea como un jarro de agua fría, por muy racionalmente que lo miremos pensando que es lo mejor.

Mi abuela murió el mismo día que enterraban a un mito de los 90 (la Veneno) con quien compartió tanatorio y desde entonces, aunque creerme que lo he intentado, con alguna frase legendaria citando a François Mauriac entre otros pensamientos vagos e inconexos, no había tenido fuerzas para escribir nada que fuera digno de publicarse hasta hoy.

Por eso, y aprovechando, que estoy quitándome de viejos post sin publicar, y aunque aún hoy parece que el tiempo está congelado (más incluso en las fechas en las que estamos), no he podido evitar acordarme de ella y querer escribir y publicar aquí mi particular adiós, como en su día ya hice con mi abuelo, removiendo los recuerdos de las cosas que vivimos juntos, los cuales estoy tratando de recuperar en mi enredada cabeza y de escribir aquí para poder conservarlos y recuperarlos cuando el alzhéimer venga a visitarme.

La verdad que lo que mi abuela fue para mí como una segunda madre. Ahora es más lógico que los abuelos sean los que se encargan de los nietos, pero en mi niñez, aún la mujer se estaba incorporando como quien dice al mercado laboral, y mi madre (emprendedora ella para la época), era la que traía parte del pan que comíamos en casa con su salario de peluquera.

Por eso entre otras de miles de cosas, me quedo con la educación que recibí por su parte (la de mi abuela, aunque mi madre por trabajar tampoco se quedó atrás, ¿eh?). Mezclaba a la par el cariño y zapatilla a partes iguales: queriéndonos a todos por igual porque nunca la escuché un “te quiero” sino más bien un “yo también os quiero” y pegándonos con su vieja alpargata cosa que ahora sería una de “¡Horror!¡Pero qué hace!”.

Con ella aprendí que las cosas no llegan solas, sino hay que trabajarlas para conseguirlas; de luchar por nuestros ideales aunque a veces se la viera negar la cabeza cuando hablábamos de política en la mesa como si no fuera con ella. Recuerdo como nos quedábamos anonadados frente a la chimenea cuando se ponía a contarnos sus historias de joven (como el día que tumbó un toro en el pueblo cogiéndolo de la nariz), o recitar viejos cancioneros populares como el Conde Olinos o La Loba Parda de memoria (“Estando yo en la mi choza, pintanando la mi callada…”)

También recuerdo sus comidas como las migas; el pisto, croquetas, los torreznos (que nunca se te hacían duros) o la tortilla de patatas que nadie más ha superado hasta la fecha (a mi madre le sigue chinchando eso de decir que aún no la hacía como ella).

Recuerdo perderme con ella por los prados de Madarcos para recoger toda clase de hiervas medicinales y productos del campo como espárragos, poleo, manzanilla que ahora nos detendrían por delito, las enseñanzas a las mujeres a leer y a pensar en El Centro Cultural de la Mujer mientras amasaban miga de pan para sus cuadros (cosa que no recuerdo, pero según escuché en el tanatorio hacía), y también su cabezonería y orgullo que como todo lo malo se pega, guardo también en mi mochila.

Me encantaría poder volver a repetir aquellas tardes de verano en el pueblo, sus meriendas con bocadillo de atún o tostadas de mantequilla con azúcar, sus rosquillas, su coser y su hora de irse a la cama siempre como un reloj a las 23:30 ,pero sé que al contrario que las oscuras golondrinas de Becquer no volverán, sin embargo no me arrepiento de lo vivido con ella (ni con el abuelo), porque he vivido y aprovechado sus momentos hasta el último día en que decidieron dejarnos y descansar en paz (incluso hasta su último día), después de tanta tralla y tela cortada.

Por lo que sin más y para ir cortando que es hora de dejar de pensar en los que no están y las “sillas vacías” como le decía a mi madre anoche, y sonreír a las ocupadas,  jeje  (¡Qué ha venido mi sobrina! :¬D), os dejo con el típico feliz navidad de estas fechas y la frase François Mauriac (esa que hable al principio del post que encontré y venía muy al pelo, jaja).

¡Sed felices!

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